Marisa Villardefrancos, una escritora injustamente olvidada

La que fue una de las autoras estrella de la Biblioteca de Chicas fue una autora muy popular en su tiempo que, sin embargo, vivió una vida marcada por el dolor: el de sus enfermedades, el de la muerte de los suyos, especialmente de su hermana pequeña Gloria, golpe que le afectó profundamente.

Frente a tanta adversidad, Marisa solo halló consuelo en la literatura, en la que se volcó desde bien niña, produciendo un sinnúmero de cuentos, obras y novelas. La historia de su vida es una historia triste pero también apasionante, dividida entre una infatigable creación literaria y dolencias que la fueron mermando e imposibilitando para ello.

Marisa Villardefrancos.

A su existencia desdichada se suma la injusticia del olvido, aumentando el agravio hacia una escritora excelente que merece ser recordada y reivindicada.

María Luisa Villardefrancos Legrande nació el 15 de octubre de 1915 en el municipio gallego de Vedra, al sur de Santiago de Compostela. Su padre era un funcionario municipal que hacía sus pinitos literarios, escribiendo en diversas revistas. A Marisa también le estimuló el ejemplo de su madre, que era maestra de primaria, por lo que se decidió a estudiar magisterio, aunque nunca ejerció.

A los 5 años contrajo la poliomielitis, condenándola de por vida a una silla de ruedas. La polio se vería agravada en su madurez por un reuma crónico que avanzó hasta deformarle por completo las manos.

Autora fecunda y de imaginación fértil, Marisa sublimó todo su dolor y sus achaques en sus incontables novelas, en las que se transportaba a otros tiempos y lugares, evadiéndose así de su dura realidad… Y haciendo que miles y miles de lectores se evadieran con ella.

Aunque encasillada como autora de novela romántica -o rosa, como se decía entonces-, Marisa escribió también cuentos y obras de teatro infantiles, dramas radiofónicos que le dieron enorme éxito y novelas históricas muy bien documentadas, ya que era una mujer extraordinariamente culta. Según los testimonios de quienes la conocieron, conversar con Marisa era un auténtico placer si tenías un mínimo de inquietud intelectual: deslumbraba con su sabiduría. La escritora se supo rodear de admiradores jóvenes que la acompañaron fielmente hasta el final de sus días, cuando ya no le quedaban familiares directos. Pese a las duras circunstancias que atravesó por su estado de salud, Marisa no cayó nunca en la amargura y fue una mujer afectuosa y hasta maternal con todos ellos.

Algunos de esos discípulos se han preocupado desde entonces por mantener viva su memoria. Como Enrique Martínez Peñaranda, que la incluye con plenos honores en su primer volumen de ‘Escritoras Españolas del Siglo XX’.

En iPulp nos hemos propuesto también rescatar del olvido a esta autora que demostró tener un talento precoz para las letras: con solo 12 años, Marisa ya ofrecía los cuentos que escribía a directores de periódico. Un talento que algunos paisanos suyos de la talla de Julio CambaWenceslao Fernández Flórez supieron reconocer y apreciar. Fue Camba precisamente quien le presentó a Consuelo Gil Roësset, una de las más importantes editoras de posguerra y hermana de otra artista de tristes destinos, Marga Gil Roësset.

Consuelo Gil Roësset, editora principal de Marisa.

Con Consuelo como editora, Marisa rebotó de revistas femeninas como Mis chicas, donde colaboraba con cuentos, a trufar de novelas románticas la Biblioteca de Chicas de Ediciones Cid. Más tarde triunfaría con sus radionovelas para Radio Madrid y Radio España, momento en que llegó a lo más alto de su carrera. Terminaría trabajando en condiciones leoninas para la editorial Bruguera, que la obligaba por contrato a entregar tres y hasta cuatro novelas al mes. Fue esta última etapa con Bruguera la que acabó por desgastar su ya delicada salud. También se resintió la calidad literaria de sus obras: Marisa, de hecho, no estaba nada contenta del material que había escrito para la editorial catalana.

La mayor parte de su vida trascurriría en Madrid, donde Marisa y su familia se trasladaron a vivir a principios de la década de 1940. En los últimos años de su vida se mudaría a Alicante por motivos de salud. El clima cálido de la costa levantina le convenía para su reuma, que cada día la mortificaba más.

Tanto sus padres como su única hermana, Gloria, habían fallecido ya, dejándola sola en el mundo, por utilizar una frase muy de serial radiofónico. La muerte de su hermana, especialmente, le causó un enorme dolor que la acompañó el resto de sus días, negándose incluso a hablar de ello.

Los últimos años de la existencia de Marisa fueron muy crepusculares, con la salud limitándola cada vez más y en precarias condiciones económicas, ya que casi todo lo que ganaba lo gastaba en medicinas. Ya ni siquiera podía escribir con las manos, deformadas por el reuma: tenía que dictar sus novelas a un magnetófono, que su secretaria pasaba después a máquina.

Marisa en la foto con dedicatoria que ilustró su entrevista en el nº 42 de la revista Mis chicas (1951)

Marisa, pese a todo, no desfalleció y se pasó la vida escribiendo a destajo. De ahí su obra inmensa: sus libros se cuentan por cientos, muchos de ellos firmados con seudónimo. Fue una de las escritoras más prolíficas de la época.

Murió a causa de una negligencia médica: al regreso de un viaje a Madrid, Marisa cayó enferma de repente, con fiebre muy alta. Ingresada en el hospital de San Vicente del Raspeig, los médicos le inyectaron penicilina, aun sabiendo que era alérgica al antibiótico. Cuando le quitaron la aguja, Marisa ya estaba muerta.

Era el 20 de junio de 1975.

No sería enterrada hasta tres días después, el plazo que ella rogó a sus amigos que la velaran antes de que se certificara oficialmente su defunción.

Había una razón para esto: Marisa era cataléptica.

Tributo iPulp: la ‘Biblioteca de Chicas’

La novela romántica -o ‘rosa’, por utilizar el color convencional asignado a ella- cuenta con una larga tradición en la literatura popular española. Muchas fueron publicadas en colecciones emblemáticas que marcaron toda una época. Como la Biblioteca de Chicas, de Ediciones Cid.

Patricia Montes y Marisa Villardefrancos fueron las dos grandes autoras de la colección.

Su nombre completo era ‘Biblioteca de Chicas y échate a volar’, eslogan cándido y soñador. Fue un gran referente de la novela rosa española durante los 15 años que se vendió en los kioscos: de 1952 a 1967. La colección superó los 600 títulos, y su éxito fue tal que generó colecciones secundarias como ‘Éxitos de Biblioteca Chicas’.

El formato de sus novelas era de 15×11,5 cm: el libro de bolsillo perfecto. Flexibles y manejables, el número de sus páginas variaba, aunque de media estaba en las 150 (si bien algunos ejemplares llegaron a tener más de 300).

En cuanto al precio, eran las novelas conocidas como ‘de a duro’ (un duro=5 pesetas, aprox 4 céntimos de euro). Con el tiempo se fueron encareciendo (primero a 7, luego a 10 pesetas…), aunque manteniéndose siempre dentro de parámetros asequibles.

Portadilla de los libros de la colección.

En esta, como en tantas otras colecciones de literatura de kiosco, prevalecía el uso del seudónimo, ocultando el nombre real del autor o autora (que a su vez podía utilizar varios distintos). El uso del seudónimo obedecía en muchos casos a razones de prestigio, ante el prejuicio que existía contra este tipo de literatura, considerada de pobre calidad literaria y sin más pretensión que el entretenimiento. En la colección Biblioteca de Chicas llegó a publicar gente como el guionista Rafael Azcona, bajo el seudónimo de Jack O’Relly. Fue gracias a estas novelas románticas que el también colaborador de La Codorniz ganó sus primeros honorarios como escritor.

Las novelas que conformaban la añorada Biblioteca de Chicas reunían todos los tópicos y estereotipos del género y de cómo se supone había de ser la condición femenina: sumisa, abnegada, ‘pura’ y con mucha resignación.

Una de las artísticas contraportadas.

Las de la Biblioteca de Chicas eran historias románticas de amor y despecho, de pasión y traición, de amores ardientes y más o menos posibles. La trama a menudo se desenvolvía en varios tomos, con segundas y hasta terceras partes. Dentro de la colección se publicaron también casi todas las radionovelas que triunfaron en la época.

Una última mención muy especial al trabajo de los portadistas, destacando dos de ellos: Xelia y Jano. Realizaron un trabajo de alta calidad artística que incluía también el dibujo de las contraportadas, conformando una muy digna pinacoteca de cubiertas de novelas populares españolas.